A Mariela la atacaron a pedradas por ser linda.

A Lisandro lo molieron a golpes en el baño y terminó internado en el hospital de Niños.

A Romina le cortaron el pelo. Y la obligaban todos los días a tomar agua del inodoro.

A Pedro lo perseguían con burlas en los recreos, en Facebook y en la hora de gimnasia. Hasta que se cansó, llevó un arma a clases y amenazó a sus compañeros. Entonces, hubo revuelo, policías, fiscales y psicólogas. Luego vino el cambio de escuela. Y no se habló más. Es lo que pasa siempre que aparece el bullying. Esa palabra que muchos docentes califican de antipática, extranjera. A nadie la gusta profundizar demasiado en el acoso escolar. Habla mal de la escuela o colegio donde ocurre, deja mal parado a los maestros, al Ministerio de Educación, a los padres, a los chicos, a todos.

La violencia escolar no es nueva. Pero ya nadie lo duda: es más intensa en estos días. Con las nuevas tecnologías, se multiplica la exposición. Así como no hay película sin espectador, no hay bullying sin público. Porque la clave de este acoso no es la agresión, sino la agresión para que sea vista por otros.

Y hay otra cuestión esencial: sin cómplices que callan, no hay espectáculo. Adultos que se fugan de su lugar de adultos. Un Estado que se fuga de su lugar de Estado. Profesores que miran para otro lado. Sólo así puede explicarse por qué el acoso escolar es definido por muchos especialistas como una "epidemia silenciosa".

¿Qué dicen los chicos? Uno de cada cuatro alumnos de entre 10 y 18 años le tiene miedo a alguno de sus compañeros. Y el 46 % sufre violencia en la escuela, según la encuesta que acaba de publicar del Observatorio de Convivencia Escolar de la UCA.

En el Congreso tomaron nota y la semana pasada aprobaron una ley que establece que el Ministerio de Educación deberá establecer reglas para prevenir el bullying. Habrá qué esperar la reglamentación, pero la ley está bastante lejos de la realidad. En la mayoría de las escuelas y colegios hay -si es que hay- una psicóloga para entre 600 y 1.000 alumnos.

Por la misma razón será que en Tucumán cincos proyectos de ley para prevenir el acoso escolar están estancados. Varios de estos planes fueron enviados hace un año al Ministerio de Educación para que las autoridades dieran una opinión. Y ahí se quedaron durmiendo.

Hoy si en esta provincia un padre quiere pedir ayuda puede acudir a un solo gabinete psicopedagógico o al Servicio de Asistencia Social Educativa (SASE). Ahí tal vez les den asistencia, pero insuficiente. Porque no hay programas interdisciplinarios capaces de abordar la complejidad de estos casos.

Mientras tanto, en las aulas seguirán multiplicándose las historias de Mariela, Lisandro, Romina y Pedro. Los docentes admiten que no saben qué hacer, reclaman un protocolo para actuar porque cada vez que piden ayuda les exigen silencio. "Es cosa de chicos", les dicen.

Hay padres desesperados, como Mabel. Llamó ayer al diario para pedir ayuda. "No se qué hacer. Presenté mi caso en el Ministerio de Educación, me atendieron dos chicas inexpertas hace seis meses y nunca más me llamaron. Mi hijo ya fue hospitalizado por los golpes que recibió. ¿Cómo quieren que termine esto?", suplicó la mamá de Lisandro.

Puede haber muchos finales. Para empezar, los estudios prueban que las víctimas de acoso escolar suelen sufrir trastornos psiquiátricos toda la vida. O pueden acabar como Pedro, que decidió buscar un arma -algo nada complicado en estos días- para llevar a la escuela y amedrentar a los burlones. Podría haber cometido un crimen. O suicidarse. Ya lo advierten los expertos: detrás de la escalada cada vez más alarmante de suicidios de adolescentes, el bullying ocupa el primer lugar entre las causas. ¿Serán cosas de chicos, o de chicos tratados como cosas?